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Miguel Matesanz, sobre El Mordisco de Tyson

Reseña de EL MORDISCO DE TYSON de Enrique Montiel de Arnáiz (Apache Libros), publicada en La Ventana (10/06/2019):


Hay escritores que no se conforman, que se arriesgan, que van más allá que los demás. Escritores a los que se les queda chica la geografía conocida, los mapas oficiales, el mundo que habita el resto de los mortales. Escritores en posesión de un estilo poderoso, el único machete capaz de desbrozar el denso ramaje que oculta los senderos remotos de la imaginación. Escritores sin miedo y sin vergüenza, impulsados siempre por la firme determinación de sorprenderse a sí mismos y, de paso, a los demás. Escritores que se toman tan en serio el oficio o el arte de contar historias que no les vale cualquier idea o argumento, necesitan el vértigo y la excitación del salto mortal en el vacío. Escritores de frases que golpean, escritores de palabras que muerden. Escritores de combates legendarios.

En un rincón del cuadrilátero tenemos, llegado de Cádiz, abogado y profesor universitario en sus ratos libres, al descomunal púgil literario conocido como… ¡Montiel de Arnáiz! Y en el otro rincón, por completo ignorante de la que se le viene encima, la concurrencia ávida de emociones conocida como… ¡Kid Lector!

Aquí no hay lugar para golpes bajos, ni trampas, ni trucos pueriles. Sólo importa el espectáculo puro, la brillantez de la contienda, la épica narrativa.

Combate a trece asaltos, tantos como cuentos, unos más largos que otros, porque las reglas de la literatura no son las mismas que las del boxeo, aunque se parezcan. Victoria por KO, nada de puntos.

Da igual que Kid Lector se muestre precavido en los primeros intercambios. Aquí no hay estrategia que valga. La potencia y agilidad de Montiel garantiza golpes certeros desde que suena la campana de inicio del primer asalto. Vista la contundencia de sus numerosos recursos, ni árbitro hace falta: ha salido corriendo a las primeras de cambio, dejando a los púgiles como es menester, en la intimidad del cuadrilátero que sólo ellos han de compartir, dos amantes dando y recibiendo lo que más desean.

Se suceden los ataques, los requiebros, las fintas por sorpresa. Montiel está machacando a Kid Lector, no hay quien lo pare. Termina el primer asalto y Kid Lector cae redondo al suelo. ¿Será el KO definitivo? En su rincón, Montiel contiene el aliento, confiando en la capacidad de recuperación de su rival, porque todavía tiene muchos más directos que propinar, muchas más historias que compartir.

Y sí, mírenlo, señores, Kid Lector se levanta, se pone en pie con un brillo triunfal en la mirada, con una expresión de avidez, de ansia, porque eso es lo que ocurre siempre tras ser noqueado por Montiel: quieres más, necesitas más, ansías volver a ser arrastrado por el torbellino gozoso de sus movimientos medidos y salidas inesperadas, para así desplomarte de nuevo en la lona y recuperar el aliento y volver a ponerte en pie en busca de un nuevo directo, de otra historia noqueadora.

Y así transcurre el combate, este enfrentamiento a cara de perro sin concesiones a la galería ni cortesías para moñas, esta lucha sin reglas que sólo puede acabar con un vencedor, aunque la gran paradoja de este duelo es que no gana quien más golpes propina ni quien más veces derriba a su contrincante, sino quien cae una y otra vez, quién más recibe, porque de eso se trata, de gozar sin descanso de esta paliza de ideas, de talento en estado puro, de poderío pugilístico y narrativo.

Con sus guantes de escritor privilegiado, Montiel dibuja y recrea ante Kid Lector escenas espectaculares de la Segunda Guerra Civil Española, o de la defensa de Cádiz frente al gabacho opresor, o del mordisquito más famoso de la Historia. Traza arabescos de sangre y lujuria rindiendo hermosos y sentidos homenajes a seres legendarios que pertenecen a la cultura popular, a la cultura de todos, a la cultura que nos alimenta y nos vertebra y acomoda lo que somos y lo que deseamos ser. Esa cultura popular es la sangre que riega estos trece relatos milagrosos, deslumbrantes, potentísimos. Es la sangre que salpica las páginas y a Kid Lector tras el crochet de derecha o izquierda con el que Montiel (ambidextro, encima) remata cada asalto. Es la sangre que nos da la vida, esa vida que revienta el corazón de cada una de estas historias y el corazón de cada Kid Lector que se atreva a subir al cuadrilátero para disputar su exclusivo combate legendario.

Porque cada uno libramos un combate, bien lo sabemos, aunque muchos parezcan no enterarse y se limiten a pasar por este mundo como espectadores del combate de otros. Los personajes de Montiel no son meros espectadores. Hagan lo que hagan, son protagonistas. Algunos, muy populares en la cultura popular de la que hablábamos antes. Otros, creados directamente por el autor, como ese chaval que descubre un cuervo en el único lugar donde puede anidar la peor de las negruras. El mejor cuento que he leído sobre el asunto que trata. Impresionante. Como igual de impresionante es el nivel de todos los relatos, porque importa, y mucho, lo que cuentan, pero importa aún más la forma en que lo cuentan. Y lo más curioso es que Montiel adopta las hechuras de un narrador clásico que podría parecerse a otros, pero termina volteando la narración para ofrecernos algo insólito, atrevido, provocador, sin perder nunca la elegancia de una prosa envolvente y enérgica, manteniendo en todo momento un sentido del humor tan inteligente como vacilón, una forma de encarar la cultura popular y la literatura que supone no sólo una gozosa y divertida humorada sino también una reflexión a trompadas sobre la delirante experiencia que es vivir.

Así es la cosa. Así transcurre este combate con Montiel. Jugando, gozando, riendo, espantándose, maravillándose, leyendo. Leyendo unas frases maravillosas engarzadas con mimo y mucha potencia que cuentan historias que reclaman ser leídas de nuevo en cuanto las concluyes, en cuanto te desplomas en el cuadrilátero por KO. No teman el beso de la lona. No tienen más que vendarse los nudillos, calzarse los guantes, colocarse el protector bucal, practicar un breve baile de pies, cerrar los ojos unos instantes para aislarse del mundo que les rodea, respirar hondo y saltar al cuadrilátero para devorar a esa mala bestia que tienen enfrente, para derrotar a ese monstruo que se parece tanto, tantito, a ustedes, para jalarse a mordiscos trece cuentos maravillosos con forma de oreja y sabor a gloria.

¡Larga vida al campeón Montiel! Y muy buen provecho, asegurado, para Kid Lector.

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